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Barajas

Nunca hice una crónica de viaje, me parece que, para hacerlo bien, hay que estar muy atento a detalles, y la verdad es que cuando viajo en avión suelo dedicarme a intentar conciliar un poco el sueño (aunque me cuesta mucho), comer y ver películas. Pero la vuelta de mi aventura europea bien merece un post, ya que entra entre las peores experiencias que tuve a bordo.

Volando de Madrid a Ezeiza

En la ida me tocó un avión nuevo, con pantallas individuales, aunque sin subtitulos, por esa manía que tienen los españoles de ver películas dobladas. Quizás la verdadera mancha en ese viaje fue un olor a cloaca inmundo, proveniente de uno de los baños que tenía un desperfecto.

Pantalla Iberia

La pantallita en la ida

La vuelta comenzó con alguna pelea con los de seguridad de Barajas, aeropuerto molesto si los hay. El agente, con cara de pocos amigos, me hizo un berrinche por un Nutella. Le dije que no me había dado cuenta y que se lo podía quedar. Pero se ve que estaba un poco paranoíco, el tipo me decía que no estaba lleno, aún viendo que el paquete estaba cerrado. En fin, mala mía por no despacharlo en la valija.

Pero lo peor vino después. Cuando abordamos noté que el avión era un Airbus 340-200, de los más viejitos. Ahí temí lo peor, y cuando ingresé confirmé eso. No había sistema de entretenimiento a bordo. Nada de pantallitas individuales, solo una pantalla grande en el medio y televisores horribles cada tantas filas.

Cabina Iberia

por supuesto, la pantalla del medio no funcaba

Es absurdo que en el año 2016, en un viaje de 12 horas, no haya pantallas individuales en un avión, les juro que no entiendo. Encima con lo que me cuesta dormir, y más en un vuelo que transcurre de día, ya supuse que el vuelo iba a ser un suplicio.

Encima el mufa del piloto dijo que no iba a haber turbulencias en todo el tramo… ¡Para que! el tipo enganchó todo el viento del mundo en un solo vuelo. Es como gritar un gol antés, NO SE HACE ESO.

A la hora de vuelo pasaron con el almuerzo, pasta o pollo. Elegí la pasta, la cual venía con brócoli. Ok, es capricho mío, pero el brócoli y coliflor son los dos alimentos que más odio en el mundo. A esta altura pensaba que nada podía salir peor… pobre de mí.

pastas
Pasaron horas y no servían nada más, ni el menor canapé. De golpe empezaron a pasar las azafatas ofreciendo bebidas, y ante la recriminación de un pasajero de algo de comida, ahí fue donde saltó la verdad a la luz: NO TENÍAN SANDWICHES POR LA HUELGA EN BUENOS AIRES. Una azafata explicó que tenían que cargar mucha comida y no entraban los sambuches (?), pero que podíamos acercarnos y pedir algún snack.

Automáticamente me eyecté de mi asiento y fui a manguear algo. El dialogo fue algo así:

Yo – Disculpa, te pido algo para comer.

Azafata – Puedo darte “cacahuetes” y galletas

Yo – Bueno

(me da una bolsa de “cacahuetes”)

Yo – y unas galletitas podrías darme…

Azafata – Pero ya te dí cacahuetes

Yo – Pero tengo hambre.

Y me entregó ambos productos con una cara de pocos amigos tremenda.

Para colmo se rompió un botón para llamar a alguna TCP, así que durante gran parte del vuelo no paraba de sonar cada 30 segundos. Luego la explicación que dió la muchacha cacahuetes fue “es un avión muy viejo”.

Una hora antes de llegar a Ezeiza pasaron con su versión de la cajita, con una medialuna con jamon y queso, una tortita y un par de cosas más. Digo, podrían haber entregado las cajitas antes.

asiento Iberia
En fin, un viaje interminable y repleto de problemas. No sé si volvería a volar en Iberia, deja bastante que desear todo.

 

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