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[Traveller Invitado: Matías Baldo / @matiasbaldo] Nuestro protagonista repite la misma sensación cada vez que, después de recorrer una manga interminable, pone su primer pie dentro del avión.

Es un instante insignificante para un mundo rutinario pero toda una aventura, o la primera estación de una pasión, para quien acaba de sentir que perdió su libertad.  Su autodeterminación ha sido subyugada, al menos por algunas horas, por su caprichoso destino.

El hombre ya nada puede hacer porque nada depende de él y, alarmado y atemorizado, se persignará, rezará y pondrá su vida en manos de quien quiera que sea su Dios y de una tripulación a la cual le confía lo más preciado que un hombre puede ofrecer.

Ya en el avión, saluda por pura cordialidad pero en su mente tiene solamente identificar
rápidamente su asiento con la ilusión de que no sea en la cola para no sentir tanto los efectos del despegue y el aterrizaje, de que no le toque junto a la ventana o que su acompañante sea lo suficientemente ubicado, como para dejarlo dormir durante la mayor parte de la travesía y así matizar la agonía.
Pero no, si nuestro hombre no es un ávido viajero, seguramente no habrá hecho el check in, ni habrá elegido el asiento con la suficiente antelación como para asegurarse una buena plaza.

Llega y se abrocha el cinturón como primer acto reflejo, mientras ve con cara de terror como se llena el avión que, completo, cierra su puerta para confirmar que ya no hay retorno posible mientras se preocupa por todos los ruidos que son costumbre en el proceso de despegue.

Obviamente, por más que sea su enésimo viaje, quien no logra superar su terror a volar seguirá padeciendo absolutamente todo aunque sepa que no hay nada anormal.

Despega el avión y uno está en el aire, a miles de pies de altura, imaginando mil desenlaces, escenas de dramatismo absoluto, caos, una caída en picada, las máscaras de oxígeno volando por el aire, un sonido de alarma constante y el piloto gritando por los altoparlantes que todos vamos a morir.

Hasta que se entrega por completo, se resigna y entra en razón para, por lo menos, domar sus temores con la estadística como principal aliada: “Es el método más seguro para viajar, mueren más personas cayéndose de la cama que por accidentes aéreos”.

Claro, es solo un disfraz para el miedo porque uno está atento absolutamente a todos los detalles. Uno rápidamente se convierte en Paul Ekman para analizar las micro-expresiones de la tripulación en cabina, está atento a la señal del cinturón, se sumerge en la música de su celular para abstraerse de los ruidos del avión y respira aliviado cuando pasa el carrito con las bebidas y la comida.

El aterrizaje, aunque, seguramente, sea uno de los momentos más peligrosos del vuelo, es una grata noticia para nuestro protagonista, quien celebrará el final liberando su tensión y, si está de buen ánimo, tal vez se sume al aplauso de otros miedosos que festejan el haber llegado vivos.

No se conocen cifras precisas del porcentaje de la población que padece aerofobia. Yo era uno de ellos hasta que un piloto, pero principalmente amigo, me curó.

Fue @ElPailotOK quien logró que volara tranquilo cuando, después de resolver decenas de mis incógnitas, me calmó para siempre con una frase que recuerdo cada vez que el miedo vuelve a asomar: “Quedate tranquilo que está todo preparado para que, si algo falla, el avión siga volando”.

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